La naturaleza, la Tierra, es una madre. Es la madre de todo lo que crece en ella, de todo lo que existe. Es la madre de todos los hombres, de los primeros hombres quienes en tiempos ancestrales, cuando germinaron los pueblos originarios vieron en el sol, la lluvia, los montes y los ríos todo lo que la Madre les regalaba para vivir y soñar en esta tierra. De la Madre surge todo, de su pensamiento, aún cuando todo era noche, y apenas comenzaba a amanecer.

Dentro de los relatos de origen de los primeros pueblos el hombre en ningún momento se encuentra separado de la naturaleza, es parte de ella, la conoce, la cuida porque sabe que de ella nace, que es su madre, que ella también lo cuida. Sabe para qué sirve cada planta, si sirve para enfermar o sirve para curar. Sabe qué significa el espíritu de cada animal y lo respeta, llena de respeto a la naturaleza entera. Reconoce en cada árbol una sabiduría de una antigüedad que resulta más remota que el hombre mismo.

Bosques, montañas, selvas, lagunas sacralizadas, consagradas, respetadas ancestralmente por los primeros hombres, ahora son tocadas, violentadas por manos que desconocen lo que lo sagrado significa, el cuidado que implica.

Nosotros los hombres que vivimos en estos tiempos modernos donde de nuevo todo es noche, hemos olvidado mucha de la sabiduría de nuestros ancestros, hemos olvidado ese respeto a la naturaleza, que ha sido nuestra casa. Hemos causado daño a nuestra Madre, y esto irremediablemente se ha visto reflejado en la forma en que habitamos el mundo, y en la que el mundo nos habita a nosotros. Cada herida, cada pequeño rasguño se manifiesta en forma de un enorme lamento que se canta en lo profundo del bosque. Ahora, la naturaleza es algo que miramos desde lejos, algo que se encuentra separado de nosotros. Y cuando dejamos de sentir a la Tierra como algo que se encuentra tanto afuera como adentro de nosotros, es cuando dejamos de reconocerla como nuestra Madre. Y esta separación es lo que hace que nos sintamos llenos de carencias, que sintamos que nos encontramos solos. El dolor que le causamos a la Tierra es el dolor que nos causamos a nosotros mismos. Y cada vez nos cuesta mucho más recuperarnos de todas las heridas que nos causamos.

La naturaleza, la Madre, nos ha acogido desde el nacimiento de los primeros seres, ha hecho de sí misma nuestra casa. Nos ha arrullado, alimentado, nos ha amado más de lo que cualquier otra madre podría dar amor a sus hijos. Y sin embargo le hemos seguido causando heridas. El respeto a la naturaleza, el hecho de protegerla, no es otra cosa que dar amor a esa Madre, cuyo latido no es otra cosa que el mismo latido de nuestro propio corazón. Y cuando nos damos cuenta de que el corazón de la Tierra, late a la par con el corazón que habita en nuestro pecho, sabemos que ya no podríamos ocasionarle ningún mal, y de manera inevitable nos llenamos de la dulzura de los primeros tiempos.

El respeto a la naturaleza, cuidar nuestros árboles, nuestras selvas, las flores que adornan nuestros paisajes y los pájaros que pueblan de sonidos los caminos de todos los senderos que cruzamos, los animales que nos acompañan en medio de esa soledad que ha venido generando la separación con esa naturaleza que cada vez se siente más ajena en nuestros tiempos, respetar también esos animales que conocemos menos, y esas especies que permiten que en la tierra aún exista vida, como las abejas. Llenar de respeto a la naturaleza, cuidar esa tierra que se siente bajo los pies cuando nos descalzamos para tocar lo sagrado. Eso sagrado que late dentro del corazón del hombre y dentro del corazón de la Madre misma.

 

Imágenes tomadas de:

1. narchanta-colombiatierrahermosa.blogspot.com

2. cynthiablanco.blogspot.com

3. grupomaquinamortal.blogspot.com