El ser humano, luego de tiempos ancestrales donde se llevaba a cabo una profunda protección a los animales y al medio ambiente, se ha reconocido a sí mismo como un ser que se encuentra separado de la naturaleza, un ser que se encuentra fuera de ella, y al mirarse desde afuera ha asumido que tiene un completo control sobre todo lo natural, y esta sensación de control no permite otra cosa que no sea una constante necesidad de explotación de todo lo que pase por su mano.

Una narración de origen ancestral cuenta que cuando aún en la Tierra todo era oscuro y se vivía en las tinieblas no existía realmente una distinción entre el hombre y el animal. Todos éramos hombres, caminábamos de la misma manera por entre los senderos de los bosques. Pero la divinidad decidió otorgarle un regalo a esos hombres que había creado: les permitió elegir si querían permanecer como hombres, o si deseaban tener una habilidad especial que los distinguiese de todos los otros. Fue así como fueron apareciendo los animales, uno a uno, a algunos se les otorgó el don de poder volar como el águila y el murciélago; otros tenían garras como el tigre y el oso. Y así cada uno podía distinguirse de los demás, y a la vez protegerse de los peligros de las selvas y de los bosques. Sin embargo, quienes decidieron permanecer como hombres pensaron que debía ser así porque poseían el pensamiento y el lenguaje, y con el paso del tiempo se fueron considerando superiores a los demás seres y comenzaron a establecer su dominio sobre ellos.

La anterior narración da cuenta de que por más que el ser humano establezca, en tiempos modernos, una superioridad marcada respecto al resto de los seres, en este caso los animales, son precisamente los animales quienes, gracias a todas estos dones y habilidades que les fueron obsequiadas, se encuentran en perfecta armonía con la Naturaleza, y tan solo esto debería significar que el hombre no puede pasar por encima de ellos.

Desde la ancestralidad el hombre y el animal vivieron por siglos en un equilibrio impecable, permitiendo así una completa protección a los animales y al medio ambiente. Cada animal, más que un animal era un símbolo, se trataba de un precioso significado sagrado que se le adjudicaba a los animales, que albergaban dentro de sí el espíritu de los abuelos, y los antepasados de los pueblos. Herir a un animal, de manera intencional y sin justificación alguna implicaba herir a ese ancestro que el animal representaba. Por eso se les protegía y se convivía con ellos dentro del territorio sagrado.

Brindar una protección a los animales y al medio ambiente es fundamental para que exista una armonización en una época donde existe tanta desarmonía. Ahora que el ser humano ha acabado con una fracción enorme de los seres que pueblan, habitan y llenan de color y de sonidos a nuestra Madre Tierra, apenas ahora se está despertando y se está haciendo algo al respecto. La caza indiscriminada de animales, la destrucción de hábitats, el cambio climático, entre otros factores, han hecho que muchos animales se encuentren ahora mismo en peligro de extinción, sin hablar de otros que ya se han extinguido. Para que exista una verdadera protección a los animales y al medio ambiente se requiere de la creación y preservación de santuarios, reservas, proteger los bosques, selvas, montañas y todos los sitios donde los animales habitan, además de no apoyar ninguna actividad que implique la captura y el maltrato de animales para el entretenimiento de los seres humanos. Además también es importante llevar una dieta que no implique el dolor y el sufrimiento que se les causa a los animales, adoptando así un estilo de vida que rechace todo este tipo de prácticas.

Cuando entendamos que no nos encontramos separados de la Naturaleza, que somos parte de su mismo corazón, que latimos junto al corazón de la Madre Tierra, entonces seremos conscientes de que todas las heridas que le causamos a nuestra madre, no son otra cosa que heridas que nos causamos a nosotros mismos.